Conchi González Cuellar.– Soy una gran admiradora de Gandhi, y sé que hay mucha gente por ahí que lo admira tanto como yo. Es fascinante pensar que sin hacer un solo disparo, sin arremeter contra nadie, un solo hombre lograra la independencia de un país tan grande y tan poblado como la India. Gandhi encabezó una auténtica revolución, una revolución pacífica mediante la desobediencia civil, que condujo a su pueblo a la independencia.

Hoy día hablamos mucho de cambiar el mundo. Somos muchos los que estamos convencidos de que las cosas no funcionan bien, de que hace falta una revolución como aquella, pero al nivel del planeta, que nos haga independizarnos de todo eso que está destruyendo a la humanidad. Necesitamos una de verdad, de las que  produzcan una verdadera transformación en el ser humano y en nuestro entorno.

He recorrido muchos países luchando por los derechos humanos, convencida de que podía hacer algo para que este mundo fuera un lugar mejor, para que nuestros hijos pudieran heredar un espacio donde vivir en paz y en armonía, en el que no reine el egoísmo, ni la discordia, ni la envidia, ni la ambición, ni el rencor. Después de varias misiones he terminado por admitir que esa lucha no funciona. Falta algo. ¿Qué es?, me preguntaba cada vez que llegaba a la conclusión de que esas misiones de derechos humanos, en teoría diseñadas para mejorar la vida de las personas, no daban el resultado deseado. ¿Dónde está el fallo?

Como tanta otra gente, quería cambiar el mundo, mejorarlo, convertirlo en un hogar acogedor para toda la humanidad, pero no encontraba la manera. “¿Por qué no aparece alguien, de una vez por todas, con la cabeza bien amueblada, que nos guíe en la dirección correcta? Hace falta una revolución, una verdadera revolución. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Por dónde empezar?”, me decía a menudo y comentaba con mis amistades.

Pues después de tantos años de búsqueda lo he encontrado. He encontrado la verdadera revolución, la única que puede transformar este mundo, y los seres humanos tenemos la herramienta fundamental para conseguirlo. Esa herramienta se llama AMOR y hablamos de ello a menudo. ¿Cuántas veces hemos oído que el amor es el motor que puede cambiar el mundo? Pero nos hemos conformado con hacer un amor a nuestra medida: egoísta, interesado, posesivo… Un sucedáneo que no solo no sirve, sino que por el contrario deteriora aún más las relaciones humanas. El AMOR con mayúsculas significa liberarse de egoísmo para darlo todo por los demás, para servir a los demás. Y no es una utopía. Es posible. Afortunadamente hay grupos de personas por el mundo que ya lo ponen en práctica cada segundo de su vida. Lo comparten todo y viven cada día aprendiendo a amar, bajo los mandatos del auto-dominio, la ternura compartida, la amabilidad, la bondad, la paciencia, la paz, la alegría y la fidelidad. Son las Doce Tribus. Nacieron en los años setenta, con un pequeño grupo de personas que querían hacer algo verdadero por la humanidad. Dejaron atrás sus casas, sus familias y sus amigos, y se dedicaron con toda su alma a esta tarea: aprender a amar. Que dicho así pareciera algo sencillo, pero requiere dedicación exclusiva.

Hoy están en varios países. En España tenemos tres comunidades. En Estados Unidos y Canadá hay alrededor de cuarenta y van a más. Están también en México, Argentina, Brasil, Francia, Inglaterra, República Checa, Australia y Japón.

Se les ha tachado de secta. Falso, sus puertas están abiertas para entrar y salir quien y cuando quiera, con lo cual ya no cumple los requisitos. Pero es conveniente para el sistema poner etiquetas que desacrediten cuando algo atenta contra sus intereses, y siempre hay alguien mal informado que sigue el juego sin pensarlo.

Se les ha acusado de maltratar a sus niños. Falso, disciplinan a sus hijos con amor, para que aprendan a discernir entre lo que está bien y lo que no lo está, y gracias a eso sus hijos crecen sabiendo diferenciar con conciencia. Son los más felices y sonrientes que he visto nunca -y he visto muchos.

Se les acusa de ser sexistas. Falso, otorgan de una manera muy natural a cada cual sus roles según sus dones.

Doy fe de todo ello, a pesar de ser alguien que nunca ha sido fácil de convencer.

Los habitantes de las Doce Tribus son capaces de vivir cada día juntos, compartiéndolo todo, desde hace muchos años, respetándose y queriéndose, porque han encontrado la clave para que los seres humanos nos podamos relacionar en armonía. Son personas auténticas que viven con sencillez, que cada día se empeñan más y más en seguir APRENDIENDO A AMAR, y con su aprendizaje están haciendo una verdadera revolución. La única, estoy convencida, que puede cambiar el mundo. La misma que utilizó Gandhi en los años cuarenta para liberar a su país: un corazón lleno de amor puesto al servicio de los demás.