Conchi Gonzalez Cuellar.-  Irma vino y se fue. Afortunadamente no estuvo mucho tiempo con nosotros, aunque sí el suficiente para dejar un paisaje de inframundo tras de sí.

Mis amigos de la tribu habían preparado su recibimiento dos días antes, con una meticulosidad y una planificación dignas de admirar. En el gran almacén donde íbamos a esperar la visita (del tamaño de un frontón, a más de un metro sobre el suelo y con un “búnker” de sesenta metros cuadrados en su interior) había de todo: colchones para treinta personas, ropa de cama, comida y bebida en abundancia y hasta una letrina perfumada con serrín.

La noche del sábado empezaron a llegar las primeras nubes gran velocidad y a diferentes alturas. El cielo era un espectáculo que merecía la pena contemplar, pero lo más impresionante fue ver que el que iba a ser nuestro refugio estaba cubierto ¡con un gran arco iris! Sin duda era una señal de esa energía superior tan poderosa que todo lo domina. La policía había pasado por la casa varias veces insistiendo en que había orden de evacuación y que fuéramos a los albergues, pero todos preferíamos nuestro refugio. Aquel arco iris era la confirmación de que ese era nuestro sitio.

El domingo amaneció lloviendo. Suave al principio e intensificándose a medida que el monstruo se acercaba. Había mucho miedo entre la población. Uno de mis amigos se encontró a un vecino al que preguntó “¿Dónde vais a pasar el huracán?”. “En la casa, pero estamos aterrorizados”. Cuando mi amigo le invitó a venir a nuestro refugio, el hombre se desplomó llorando y dando las gracias.

A las diez de la mañana, maletas en mano, nos fuimos a esperar a Irma. En las primeras horas aquello parecía una tormenta más, y con el gran portón de 5X7 abierto hasta la mitad, veíamos cómo evolucionaba, al tiempo que jugábamos, leíamos, se preparaba la comida y algunos dormitaban. A la hora de comer ya no había electricidad, y nos sentamos formando un semicírculo alrededor del gran portón para no perdernos el espectáculo. Era como estar en un maratón de cine ante una película larga y sorprendente que nos mantenía allí atados. Cuando vimos derrumbarse el primer árbol delante de nuestro refugio, supimos con certeza que Irma estaba de lleno sobre nosotras cabezas. Las rachas de viento imponían y la lluvia que arrastraban iba formando una laguna enfrente de nuestra rampa. La puerta metálica del almacén la habíamos ido bajando a medida que Irma se hacía más y más potente. A las siete de la tarde era imposible mantenerla abierta. El espectáculo era sobrecogedor, para la vista y para el oído. Algunas placas del tejado empezaron a desprenderse y recibimos orden de entrar en el “búnker”. A la luz de unas pocas velas empezamos a cantar, canciones de amor y de agradecimiento, hasta que en un intervalo nos dimos cuenta de que fuera reinaba un gran silencio. Salimos con precaución y comprobamos con gran asombro que todo estaba en calma. No llovía y apenas corría una ligera brisa. ¡Estábamos en el ojo del huracán! ¡Era fascinante! Pero nos debió tocar solo un pedacito porque unos veinte minutos después volvieron las lluvias y el viento con una gran virulencia. Cerramos y nos fuimos a acostar, esperando que el tejado aguantara y que al día siguiente el panorama hubiera mejorado.

Fue una noche de ruidos y de estar alerta más que dormir, pero por ratos lográbamos dormitar. Cuando nos levantamos aquello parecía un sueño: el cielo estaba despejado y sereno. Había un silencio y una paz maravillosos. ¡Irma se había ido! Y además supimos que al ir tierra adentro se había disipado. ¡Por fin, después de tantos días haciendo daño!

La ansiedad por ver si todo estaba bien en casa, a solo doscientos metros, nos llevó a caminar por una calle con el agua hasta las rodillas, esquivando dos coches inundados, ramas y árboles arrancados de raíz.

En Florida se habla de muchos miles de dólares para arreglar los destrozos: cortes de luz y de agua, antenas de teléfono derrumbadas, casas y calles inundadas, señalizaciones desaparecidas,… y esa larga lista que cualquiera puede imaginar.

Algunas calles cercanas a nuestro refugio parecían el escenario de una película del fin del mundo. Pero lo más importante es que todos estábamos perfectamente, vivitos y coleando para poder contarlo. ¡Thank you God!, como dicen mis amigos.