Miguel Ávila Cabezas.-   “En sus momentos optimistas, N se decía sin embargo que no había manera de ganarle al tiempo. Siempre se perdía. Y para ganarle la carrera, la única forma consistía en extenderlo. Así podía parecer que cada día era eterno.” (Nicolás Suescún, Los cuadernos de N).

(El tiempo. El tiempo que se come. El tiempo expandido en la memoria como un queso camembert.)

Ya el mismo título del cuadro nos da la clave: en la memoria tan sólo persiste el tiempo, como una extensión inabarcable. La contemplación del mar en Dalí (concretamente el paisaje marino de fondo es el cabo de Creus) es signo de eternidad, además de infinitud. El cuadro, que actualmente se encuentra expuesto en el Museo de Arte Moderno (MOMA) de Nueva York, data del año 1931, y se inscribe en el grupo de obras correspondientes al método “paranoico-crítico” (“… sistematizar la confusión y contribuir al descrédito total del mundo de la realidad.”). La imagen puede contener: una persona, gafas de sol, barba y primer planoEn esta misma línea, y con idénticos referentes directos de las obsesiones dalinianas (hormigas, moscas, autorretrato del pintor de Cadaqués, un soplo antigravitatorio en los objetos…), se inscriben obras como: “Las acomodaciones de los deseos” (1929), “El gran masturbador” (1929), “La femme visible” (1930), “El hombre invisible” (1929-1933), que es obra inacabada, “Durmiente, caballo, león invisibles” (1930), “Fantasmagoría” (1930), “La fuente” (1930) o “Araña de noche. Esperanza” (1940), por citar.

La contemplación de La persistencia de la memoria (o Los relojes blandos, como se le dio en llamar más adelante) nos hace evocar inevitablemente aquel soneto de Quevedo que comienza diciendo: “¡Ah de la vida!… ¿Nadie me responde?” y termina, en fatal referencia al tiempo inaprensible, concentrando la realidad del ser en “presentes sucesiones de difuntos”.

En La persistencia de la memoria todo parece dormido, atemporal, quieto (incluido el mar Mediterráneo en su lejana ausencia). Los únicos signos de vida son las hormigas posadas en el reloj de bolsillo, rojo como el corazón latiendo en el pasado, cerrado, guardián del mismo tiempo que late en su interior; y la mosca posada en el reloj blando del primer término. Y, sin embargo, también parecen congelados en el eterno instante crepuscular.

Por mucho que se empeñen (y empreñen) algunos críticos con vocación psicoanalista en un sesgo interpretativo de contenido sexual, el pelado y seco olivo de la izquierda, con tan sólo una rama extendida hacia el oeste (Creus mira hacia el este), siempre desde la perspectiva del espectador, no simboliza un falo ni nada que remotamente se le pudiera parecer. Junto con los dos paralelepípedos de la izquierda (en el del fondo, el mar sube un gradín y “se entarima” -hablamos de la ruptura de los planos en su “lógica y natural” relación-), el único elemento que se nos muestra rígido es el olivo, cuya única rama, efectivamente, semeja el pulgar y el índice de una mano en el remedo de ir a disparar… un reloj colgado y anclado en las seis de una tarde que nos parece eterna. La línea de penumbra no está trazada en el cuadro en un sentido longitudinal, como tendría que ser desde un punto de vista astronómico (¿gastronómico?), sino que es horizontal a las marcas de abierta perspectiva y profundidad del fondo del lienzo, y ello produce una patente impresión de contraste, como la misma expresión en tonos cálidos (el fondo) y fríos (el primer plano). Por otra parte, en la zona de sombra observamos los elementos presentes como si estuviesen iluminados desde fuera (en definitiva, desde el ojo mismo del espectador). En la zona de luz la asimetría es evidente: hay, como hemos insinuado más arriba, superposición de planos y diferencias en el campo matérico: el cabo de Creus parece un merengue flambeado, el entarimado en el que se sube el mar (o se refleja el cielo, como en un espejo) no apunta mayor atisbo de proyección al espacio visible y sí parece que de él tirara, hacia la izquierda, una fuerza superior a la que pueda imprimir, en sentido contrario, la mirada del espectador. El equilibrio en la composición de planos lo establecen, sin duda, el olivo y su reloj que nos tapa una parte del horizonte, tal vez para evidenciar, de nuevo, nuestra vulnerabilidad frente al misterio del devenir, del antes y el después. Igualmente, la relación de contraste queda especialmente expresada en la sintaxis de la línea recta y la línea curva, combinadas para representar, no sólo el principio de realidad (las agujas de los relojes, el árbol, los paralelepípedos) sino también el del placer (los círculos imprecisos, el organismo echado en la arena y ensillado por un reloj, ¿las hormigas?, ¿la mosca?…)

Finalmente, y respecto al organismo/onanismo (¿manatí, vagina, autorretrato del pintor?) que vemos echado, como dormido, en un primer plano del centro del cuadro, diremos que es un elemento recurrente en la pintura de Dalí. Lo encontramos también en “El gran masturbador”, en “Fantasmagoría”, e insinuado, incluso, en “El sueño”, de 1937, una imagen de la guerra, de la desolación y la muerte que nos lleva inevitablemente a la obra de Goya “Saturno devorando a su hijo”.

Como muchas de las obras de Salvador Dalí, La persistencia de la memoria tiene un algo de gastronómico que no escapa a la atención del espectador. A fin de cuentas, la idea de los relojes blandos le vino cuando estaba degustando un queso camembert. El tiempo sentido como un queso. Así lo entendió el genial surrealista: “Podéis estar seguros de que los famosos relojes blandos no son otra cosa que el queso camembert del tiempo y el espacio, que es tierno, extravagante, solitario y paranoico-crítico.”

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